Neuquén y Limay eran dos caciques muy amigos. Uno vivia al norte y el otro, al sur. A ambos les gustaba ir a cazar y, casi siempre, lo hacían juntos. Un día, mientras recorrían la orilla del lago en busca de alguna presa, escucharon una hermosa melodía. Se dirigieron hacía allí y sus ojos se deleitaron al descubrir una bellísima mujer de largas trenzas negras. "¿Cómo te llamas?", preguntaron casi al unísono. "Me llamo Raihue", contestó la joven, mientras bajaba la cabeza, avergonzada.
Ambos muchachos se enamoraron de Rahçihue. Y tanto querían se amor que, ya en el camino de regreso, sintieron que los celos destrozaban su larga amistad. Los padres de los jóvenes comenzaron a preocuparse. Neuquén y Limay ya no se frecuentaban tanto como antes. Ni siquiera iban a cazar juntos. Entonces, consultaron a una "machi", quien les explicó la causa de la enemistad..
De común acuerdo, los padres propusieron una prueba a los muchachos. "¿Qué es lo que más te gustaría tener?", preguntaron a Raihue. "Una caracola para escuchar en ella el rumor del mar", contesto la bella mujer. "El primero que llegue hasta el mar y regrese con el pedido de Raihue, tendrá su amor como premio", sentenciaron los padres.
Los dioses convirtieron a los jóvenes en rios, quienes -uno desde el norte y el otro desde el sur- comenzarón la larga carrera hacia el lejano océano. Mientras tanto, el viento -envidioso por no haber sido tomado en cuenta- comenzó a susurrar en los oídos de Raihue: "Ellos nunca más volverán. Las estrellas que caen al mar se convierten en hermosas mujeres que enamoran a los hombres. Nunca más los volverás a ver".
Al ver pasar el tiempo sin que sus amantes regresaran, Raihue comenzó a sentirse muy triste. Tanto era el dolor, que fue al lago y, extendio sus brazos, le ofrecio su vida a "Nguenechen" a cambio de la salvación de los dos muchachos. Dios concedió el pedido y tranformó a Raihue en una hermosa flor de pétalos rojos..
El malvado viento corrió a conatrles a los jovenes, que esforzadamente, continuaban su camino hacia el mar. Sopló tan fuerte el viento, que modificó el curso de los dos rios hasta juntarlos en un solo caudal. Cuando comprendieron que Raihue había muerto de angustia, dejaron atrás el resentimiento que los había distanciado y se abrazaron vistiéndose de luto por su amada. Ése fue el oigen del río Negro. Unidos para siempre, siguieron su recorrido hasta el mar en honor de la bella Raihue.